It is easy to claim — on behalf of a nation, on behalf of a generation, on behalf of yourself as an individual — a progressive attitude much too advanced for destructive, discriminatory ideologies. It is easy to believe and maintain that you see beyond borders, that a common identity as humans makes differences in nationalities or cultures immaterial and arbitrary.

It is easy to put a “drop the I-word” sticker on your laptop, put a turquoise yard sign out that reads “no human being is illegal,” write an irate Facebook post in response to deportations and the possible repeal of Deferred Action for Childhood Arrivals.

It is easy to believe that xenophobia has no hold over your mind or beliefs.



It is harder to explain why, for a split second, you let out an internal groan when a student with a heavy French accent was assigned to your group in class. It is difficult to justify why you subconsciously scrolled past the articles authored by names you couldn’t pronounce, opting instead for research by (insert male Anglo-European name) of (insert recognizable university name here).

It is uncomfortable to confront my own involuntary surprise in realizing half of the students in my Professional Public Policy course were from other countries, and that each one has a much more sophisticated understanding of our American government than I do.

Does xenophobia exist? Of course.

Am I xenophobic? I’d like to say no. Certainly not intentionally.

Am I xenophobic? Yes.

Are you xenophobic? Probably.

A study conducted by the University of Toronto and Ryerson University further confirmed the already well-documented existence of subconscious xenophobia. According to this research, job applicants with “Asian-sounding names” were 28 percent less likely to receive an interview offer than equally-qualified applicants with Anglo-sounding names.

Were any of these employers openly anti-Asian? I doubt it. Instead, it is much more likely that they are just like most of the rest of us. They, too, have internalized xenophobia entrenched in their everyday thoughts and decisions.

You may be feeling a bit defensive now. I feel it too — this is a very inconvenient reality to address. After all, why should we focus on these small imperfections rather than on those calling for a wall or on the ladies at Starbucks that yell at people speaking their native language? They are surely a much bigger problem.

That fight is already underway, and in a way it is a much easier one for us to engage in. And we are not wrong for jumping in before we are perfect actors. But internal reflection and adjustment is equally necessary while we take on the “bigger enemy.” Until then, we are unintentionally equipping and enabling the very ideologies we fight against.

Simply being cognitive of how these internalized xenophobic principles manifest can aid us in self-correcting. Active recognition and evaluation must become a daily exercise if we consider ourselves capable of breaking down these unwelcome beliefs for ourselves and others.

In other words, we all have a lot of work to do. We must challenge xenophobia on all fronts, both external and internal, despite the discomfort.

Gabriella Rivera is a freelance reporter for the Daily Lobo. She can be contacted on Twitter @gabbychlamps, or at news@dailylobo.com. She describes herself as of Cuban and Peruvian descent.

Elizabeth Sanchez made final edits to the English and Spanish translations. She is the editor-in-chief at the Daily Lobo. She can be contacted at editorinchief@dailylobo.com or on Twitter @Beth_A_Sanchez.

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Es fácil reclamar — en nombre de una nación, en nombre de una generación, en nombre de usted como individuo — una actitud progresista demasiada avanzada para ideologías destructivas y discriminatorias. Es fácil creer y mantener que usted ve más allá de las fronteras, que una identidad común como los humanos hace diferencias en nacionalidades o culturas inmateriales y arbitrarias.

Es fácil poner una pegatina que lee “drop the I-word“ en su portátil, poner un cartel de patio de color turquesa que dice "ningún humano es ilegal", escribir una publicación furiosa en Facebook en respuesta de las deportaciones y la derogación posible de Deferred Action for Childhood Arrivals.

Es fácil creer que la xenofobia no tiene control sobre su mente o sus creencias.

Es más difícil explicar por qué, por una fracción de un segundo, usted deja escapar un gruñido interno cuando un estudiante con un acento fuerte de francés fue asignado a su grupo en clase. Es difícil justificar por qué inconscientemente se desplazó más allá de los artículos escritos por nombres que no podía pronunciar, optando en cambio por la investigación de (inserte nombre masculino anglo-europeo) de (inserte el nombre de universidad reconocible aquí).

Es incómodo enfrentar mi propia sorpresa involuntaria a darme cuenta de que la mitad de los estudiantes en mi curso de Política Pública Profesional eran de otros países, y que cada uno tiene una comprensión mucho más sofisticada de nuestro gobierno americano que yo.

¿Existe la xenofobia? Por supuesto.

¿Soy xenófoba? Me gustaría decir que no. Al menos, no intencionalmente.

¿Soy xenófoba? Sí.

¿Usted es xenófobo? Probablemente.

Un estudio realizado por la Universidad de Toronto y la Universidad de Ryerson confirmó la ya bien documentada existencia de xenofobia inconsciente. Según investigación, los solicitantes de empleo con "nombres que suenan asiáticos" eran 28 por ciento menos de probabilidades de recibir una oferta de entrevista que los solicitantes igualmente calificados con nombres que suenan anglosajones.

¿Fueron algunos de estos empleadores abiertamente anti-asiático? Lo dudo. En cambio, es mucho más probable que sean como la mayoría del resto de nosotros. Ellos también han internalizado la xenofobia arraigada en sus pensamientos y decisiones cotidianas.

Puede ser que usted se siente un poco a la defensiva ahora. Yo también lo siento — esta es una realidad inconveniente para abordar. Después de todo, ¿por qué deberíamos centrarnos en estas pequeñas imperfecciones en lugar de en las que piden el muro de frontera, o en las mujeres en Starbucks que gritan a los que hablan su lengua materna? Seguramente, estas problemas son muchas más grandes.

Esa pelea ya está en marcha, y de alguna manera es mucho más fácil para nosotros involucrarnos. Y no nos equivocamos al saltar antes de que seamos actores perfectos. Pero la reflexión interna y el ajuste son igualmente necesarios mientras enfrentamos el "enemigo más grande". Hasta entonces, estamos involuntariamente equipando y habilitando las mismas ideologías contra luchamos.

Simplemente siendo cognoscitivos de cómo se manifiestan estos principios xenófobos internalizados puede ayudarnos a corregirnos. El reconocimiento activo y la evaluación deben convertirse en un ejercicio diario si nos consideramos capaces de romper estas creencias indeseables para nosotros y los demás.

En otras palabras, tenemos mucho trabajo para hacer. Debemos desafiar la xenofobia en todos los frentes, tanto externos como internos, a pesar de la incomodidad.

Gabriella Rivera es una reportera freelance por el Daily Lobo. Puede ser contactada en Twitter @gabbychlamps o en news@dailylobo.com. Se describe a sí misma como de ascendencia cubana y peruana.

Elizabeth Sanchez hizo las correcciones finales a las traducciones en inglés y español. Ella es la editora-en-jefe del Daily Lobo. Puede ser contactada en editorinchief@dailylobo.com por en Twitter @Beth_A_Sanchez.